Por: Prof. Iván H. Rodríguez B.
Elegir el material de empaque de un producto suele parecer una decisión sencilla: se escoge lo que “siempre se ha usado”, lo que usa la competencia, o el material más económico disponible. Sin embargo, decidir por ensayo y error es una de las causas más frecuentes de sobrecostos, devoluciones y daño reputacional para las marcas: el material correcto no se elige por intuición, sino evaluando a la vez protección, barrera y sostenibilidad.
Protección: que el producto llegue íntegro al consumidor
El primer criterio para elegir el material de empaque correcto es que proteja físicamente el producto durante toda su vida útil: desde que sale de la línea de producción hasta que llega a manos del consumidor, pasando por almacenamiento, transporte y exhibición en punto de venta.
Un empaque mal seleccionado en este frente se traduce en productos golpeados, deformados o contaminados, en reclamos de clientes y distribuidores, y en costos logísticos que no estaban presupuestados. También debe considerarse la compatibilidad operativa: el material tiene que funcionar correctamente en las líneas de producción existentes, permitir buena imprimibilidad y adherencia de etiquetas, y mantener una presentación atractiva en el punto de venta.
Barrera: la química invisible que define la vida útil
La segunda dimensión, menos visible pero igual de crítica, es la propiedad de barrera del material de empaque: su capacidad de bloquear el paso de oxígeno, humedad, luz y otros factores que deterioran el producto o comprometen su inocuidad.
Aquí es donde muchas decisiones fallan silenciosamente. No existe un material “universal” que funcione igual para todos los productos: cada producto exige un material específico según su composición físico-química y sus necesidades de conservación e inocuidad. Un empaque con barrera insuficiente puede parecer funcional en las primeras semanas y fallar después, cuando el producto ya está en los anaqueles y el daño reputacional es mucho más difícil de revertir.
Sostenibilidad: ya no es opcional
La tercera dimensión, sostenibilidad de empaque, ha pasado de ser un valor agregado a una exigencia regulatoria y comercial. En recientes encuestas los datos de la industria confirmaron esta tendencia: el 80% de los profesionales encuestados planea incrementar el uso de materiales reciclables en los próximos cinco años, y dos tercios de los fabricantes de maquinaria (OEMs) ya están rediseñando sus equipos para procesar materiales sustentables.
También quedó claro que la sostenibilidad no tiene una única respuesta correcta. El impulso hacia los materiales compostables, por ejemplo, disminuyó un 8% desde 2022, reflejando limitaciones reales de infraestructura de compostaje y de desempeño en aplicaciones alimentarias. Mientras tanto, materiales como el cartón reciclado certificado, el corrugado, la hojalata, el vidrio y el aluminio se consolidan como opciones estables. La presión regulatoria, además, es fragmentada: en ausencia de lineamientos gubernamentales sólidos en muchos países, son las normativas locales las que terminan definiendo qué materiales son viables.
Elegir un material sostenible sin entender biodegradabilidad, reciclabilidad, huella de carbono, disponibilidad en el mercado y rentabilidad al mismo tiempo, es apostar a que la decisión funcione por suerte.
El costo real de decidir por prueba y error
Cuando protección, barrera y sostenibilidad no se evalúan de forma técnica y conjunta, las empresas terminan pagando el aprendizaje directamente en su operación:
- Dinero: sobrecostos en producción, logística y reprocesos; inversión en maquinaria que termina siendo incompatible con el material elegido.
- Tiempo: rediseños de empaque a mitad de camino, reformulación de procesos, retrasos en el lanzamiento de producto.
- Imagen: devoluciones, reclamos de clientes, quejas por productos dañados o mal conservados, y percepción de una marca que no cumple sus promesas de sostenibilidad.
El “ensayo y error” no es gratis. Cada material que se prueba y falla en producción real es una lección costosa que pudo evitarse con el conocimiento técnico adecuado desde el diseño del empaque.
La alternativa: capacitarse antes de decidir
La diferencia entre una marca que elige bien su empaque y una que aprende a punta de errores costosos no es el presupuesto, es el conocimiento técnico. Entender cómo se comportan los distintos materiales de empaque —plásticos, papeles, vidrio, metal, biopolímeros— frente a las necesidades específicas de cada producto, y cómo equilibrar protección, barrera y sostenibilidad con la rentabilidad del negocio, es una competencia que se aprende, no se improvisa.
Invertir en formación especializada permite tomar estas decisiones con criterio técnico desde el primer intento, evitando los costos ocultos de aprender sobre la marcha en la línea de producción o, peor aún, en el mercado.
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Preguntas frecuentes
¿Cómo sé si el material de empaque de mi producto es el correcto?
Evaluando de forma simultánea tres factores: si protege físicamente el producto durante toda su vida útil, si su barrera contra oxígeno, humedad y luz es suficiente para su composición físico-química, y si cumple con los criterios de sostenibilidad y normativos vigentes en su mercado.
¿Qué pasa si elijo mal el material de empaque?
Se generan sobrecostos en producción y logística, pérdida de calidad del producto, devoluciones y reclamos, y un impacto negativo en la reputación de la marca.
¿Qué es la propiedad de barrera en un material de empaque?
Es la capacidad del material para bloquear el paso de oxígeno, humedad, luz y otros factores externos que pueden deteriorar el producto o comprometer su inocuidad durante su vida útil.
¿Los materiales sostenibles siempre son más caros?
No necesariamente, pero sí representan una barrera de entrada percibida: muchas empresas temen mayores costos de producción, daño de producto y un retorno de inversión más lento, lo que retrasa decisiones que ya son exigidas por el mercado y la regulación.
¿Por qué capacitarse en selección de materiales de empaque en vez de aprender sobre la marcha?
Porque el método de prueba y error tiene un costo directo en dinero, tiempo e imagen: cada material que falla en producción real es una lección costosa que la formación técnica especializada permite evitar desde el diseño del empaque. CLICK AQUI para mayor información

